El compromiso de Rioja con el viñedo viejo y centenario, una apuesta que también se saborea en la mesa
La DOCa refuerza la protección de sus parcelas más antiguas, muchas de ellas en pie franco, un patrimonio que da lugar a vinos de mayor concentración y complejidad muy valorados por la alta gastronomía.
Un patrimonio que se mide en décadas, no en cosechas
La Denominación de Origen Calificada Rioja ha reforzado en los últimos meses su compromiso con el viñedo viejo y centenario, un patrimonio vitícola que la propia denominación considera parte esencial de su identidad y de su capacidad de diferenciación frente a otras zonas productoras. Muchas de estas parcelas se cultivan todavía en pie franco, es decir, sin el injerto sobre portainjertos americanos que se generalizó tras la crisis de la filoxera, lo que las convierte en un patrimonio genético y paisajístico de un valor difícil de replicar.
Menos cantidad, más concentración
Desde el punto de vista enológico, las cepas viejas producen de forma natural un menor rendimiento por planta, con racimos más pequeños y una concentración de aromas y taninos considerablemente mayor que la de un viñedo joven. Esta característica es precisamente la que ha disparado el interés de bodegas, sumilleres y chefs por los vinos procedentes de viñedo viejo, capaces de aportar una complejidad y una profundidad de sabor que la alta gastronomía valora de manera creciente a la hora de diseñar sus cartas de vinos.
Un valor que también es paisajístico y turístico
Más allá de la copa, el viñedo viejo tiene también un enorme valor paisajístico: las cepas centenarias, a menudo dispuestas en vaso y sin espaldera, dibujan un paisaje muy distinto al de las plantaciones modernas en hileras, y se han convertido en un reclamo específico dentro de la oferta enoturística de Rioja, con rutas y visitas guiadas centradas exclusivamente en estas parcelas históricas.
Gastronomía y territorio, de la mano
Para los restaurantes que apuestan por una cocina de producto y de territorio, poder ofrecer un vino elaborado con uvas de viñedo centenario añade una capa narrativa que va mucho más allá de la etiqueta: habla de historia, de resistencia climática y de un vínculo con la tierra que conecta directamente con las tendencias gastronómicas actuales, cada vez más volcadas en contar el origen y la trazabilidad de lo que llega al plato y a la copa. El compromiso de Rioja con este patrimonio no es solo una cuestión de conservación, sino también una apuesta estratégica por un segmento de vino de mayor valor añadido en un mercado que premia, cada vez más, la autenticidad.